Autor

DUBRAVKO MIHANOVIĆ

Categoría

DRAMA

Personajes

4M

Conejo (43 años)

dueño de la barbería Conejo,

Toni ( 27 años)

hermano menor de Conejo

Grga (35 años)

taxista, amigo de Conejo y Toni

Joven (24 años)

vendedor de libros

Traducción

IVANA LONČAR. Adaptación para Argentina: NIKOLINA ŽIDEK

Derechos de Autor

DUBRAVKO MIHANOVIĆ
dubravko.mihanovic@gavella.hr

Derechos de Traducción

NIKOLINA ŽIDEK
info@teatrocroata.com

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El Rana.

Conejo es dueño de la barbería a la que vienen para la Noche Buena su hermano Toni y su amigo Grga.

Conejo es un ex combatiente torturado por imagenes y pesadillas de la guerra, Toni es un jugador compulsivo y alcohólico al que le despidieron del trabajo, pero no tiene fuerza para admitírselo a su mujer porque cree que eso podría destruír su frágil matrimonio, mientras que Grga es taxista que intenta sobrevivir entre el transporte por la ciudad, el intento de hacerse cargo de la familia y la joven amante. Después de que la mujer lo abandonara y se llevar al hijo porque era violento, Conejo, ante la impotencia de corregir sus errores y cambiar, intenta primero convencer a que cambien Toni y luego Grga, pero eso los lleva a un más entramado espiral de falta de comprensión y violencia.

Enfrentado con esa situación, Conejo intenta suicidarse activando una bomba que conservó de la guerra, pero en eso le impedirá un joven vendedor de libros y un cuento de Haruki Murakami…

Fragmentos

Fragmento Versión Argentina

Lenguaje:

No literario, urbano, sin particularidades dialectales especiales

 

Escenario:

El interior de la barbería, que se encuentra en una de las partes grises de la “Ciudad Blanca”[1]. Por su aspecto, no se distingue de locales parecidos que ya vimos, por lo menos una vez y en algún lugar. Hay dos o tres sillones de peluquería, un tocador con espejo y un lavacabezas un poco antiguo, un banco y una mesa de espera, una estufa en uno de los rincones… Aparte de las cosas que se pueden encontrar en cualquier local de este tipo, como los peines, los cepillos, las tijeras, las navajas de afeitar, las hojas, las maquinillas, los afeitadores y varios líquidos y cremas, también hay una pequeña radio, vieja, pero que funciona. En el local también se encuentra una modesto “adorno de Navidad”: unas ramas de abeto adornadas con grandes bolas de color plata y cintas del mismo o parecido color. Una sola cosa más: en algún lugar se encuentra la puerta que lleva a la sala de atrás, en algún lugar está la puerta a la calle, y en algún lugar de la pared hay un reloj y una foto enmarcada de Conejo con su equipo de fútbol (sala).

Tiempo:

Nochebuena del año dos mil y pico, entre las 18 y las 19:30 horas.

 

 

Grga. Pero creo que tampoco nos olvidaríamos del hombre-topo. (Pausa. Conejo le da la espalda a Grga y se acerca al mostrador, como si desistiera de la conversación.) Conejo… (Pausa breve.) ¿De verdad, lo pensaste… lo de hablar con alguien? (Pausa breve.)

 

Conejo. ¿Con un psiquiatra?

 

Grga. (En lugar de responder.) Sabés, primero lo de Maja e Igor, y ahora Toni… No es una vergüenza pedir…

 

Conejo. (Interrumpiéndolo.) Ya fui a ver a un psiquiatra. Cuando empezó lo del juicio… Cinco o seis veces. (Pausa breve.)

 

Grga. ¿De verdad? No me dijiste nada.

 

Conejo. ¿Y qué te voy a contar? ¿Que me pusieron en un grupo de veteranos de guerra que golpearon a algún miembro de su familia? ¿Que uno pegó a su padre, igual que el de la musculosa, y que no dejaba de llorar mientras nos lo contaba? “Como si se me hubiera nublado la mente, decía. “Soy más bueno que el pan, de verdad…” ¿Sabes cuántos tipos como yo hay en este país? El psiquiatra se me disculpó por no poder prestarme una “atención personalizada”. “Somos muy pocos, sabe, para todos ustedes.” (Pausa breve.)

 

Grga. ¿Querés que le pregunte a Sonja? Ella no trabaja en ese departamento, pero conoce a enfermeras, médicos, eso… Hay expertos, seguro, que te podrían ayudar. (Pausa.) ¡Mierda, qué cansado que estoy! (Pausa breve.)

 

Conejo. Dale, Grga, que tu taxi te está esperando. (Sonríe, cariñosamente.) Tenés que ganarte el pan para todas esas mujeres que tenés.

 

Grga. (También sonríe, pero con algo de amargura.) Que sepas que sí. A todas les gusta gastar. Incluso a la más pequeña.

 

Conejo. Dales un beso a Sonja y a las niñas. Supongo que hoy y mañana estarás con ellas, ¿verdad? (Pausa breve.)    

 

Grga. Llamalo a Toni. Seguro que te perdonará. Son hermanos de sangre. No lo pierdas. (Pausa.) Ay, Conejo mío. La vida es una cagada. “La vida es corta.” Nadie la tiene fácil. (Grga sale del salón. Conejo permanece un rato en silencio, como si no estuviera seguro adónde ir ni qué hacer. Como no tiene otra cosa que hacer, enciende la radio. En la radio ponen una canción navideña. Conejo se mira en el espejo: está cansado, pero no se trata del cansancio diario que en la mayoría de los casos se quita con un poco de sueño. Enciende un cigarrillo y se sienta, pero se levanta enseguida, como movido por una inquietud interior. Se va a la habitación de atrás, vuelve pronto, ahora con una granada en la mano. Echa un vistazo por el salón, mirando fijamente lo que tiene en sus manos, y cuando parece como si fuera listo para tirar de la anilla, por la puerta vuelve a aparecer el Joven.)

 

Joven. (Sin darse cuenta de la granada al principio porque Conejo le está dando la espalda.) Disculpe, ¿acaso… (Conejo se da la vuelta. El Joven se queda quieto; se da cuenta de la granada. Pausa.)

 

Conejo. (Sonriendo.) ¿El guante? Sí, sí, está aquí. (Pausa breve.) Cerrá la puerta, por favor. Hace mucho frío y puse la calefacción, así que… (El Joven entra, cerrando la puerta. Conejo sigue teniendo la granada en la mano. Pausa.)

 

Joven. (Nervioso.) No lo haga. (Pausa breve.)

 

Conejo. (Como no sabiendo qué hacer.) Como si me hubiera agarrado robando galletitas.

 

Joven. (Como si no le entendiera.) ¿Cómo?

 

Conejo. (Toma el guante. Permanece un rato con él en una mano y con la granada en la otra. Lentamente deja la granada y le da el guante al Joven.) Acá lo tiene. (El Joven lo toma, no sabiendo qué hacer con él.) ¿Vendió algo?

 

Joven. (Está confundido, pero obviamente siente que debería hablar con Conejo.) No mucho. Dos o tres libros.

 

Conejo. ¿Puedo echar un vistazo? A lo mejor le compro algo para mi sobrino.

 

Joven. Sí, claro. (Le enseña los libros. Conejo los mira; aparta uno.)

 

Conejo. ¿Éste cuánto vale?

 

Joven. “¿El pequeño libro de cuentos de hadas?” Nosotros lo vendemos a ochenta. En las librerías sale cien.

 

Conejo. (Sonriendo.) ¡El olfato que tengo para estas cosas! (Deja el libro; saca el dinero del cajón y se lo da al Joven.)

 

Joven. (Sin saber dónde poner los libros. Los deja en el suelo y toma el dinero de Conejo.) Le devuelvo veinte… (Le devuelve el resto de dinero.) Muchas gracias.

 

Conejo. (Guarda el dinero en el cajón.) Espero que le guste. (Normalmente, después de haber vendido un libro el Joven se iría, pero ahora no lo hace. Pausa.)

 

Joven. (Mirando la granada.) Cuando me vaya… ¿no la volverá a tomar? (Pausa breve.)

 

Conejo. (Observándole con una mirada inquisitiva; como si no lo hubiera escuchado.) ¿Hoy no se afeitó?

 

Joven. (Confundido.) ¿Qué? (Se está tocando la cara, comprobando la barba. Como disculpándose.) Es que no tuve tiempo.

 

Conejo. Si terminó con tu trabajo por hoy, yo le puedo…

 

Joven. (Sigue como disculpándose.) Sí. Voy a ver a mi familia. Con mi novia.

 

Conejo. Eso. Perfecto. ¿Lo ponemos lindo para su novia, eh? (Pausa breve.) Espero que no le tenga que convencer… (Pausa breve.)

 

Joven. (Todavía confundido.) Bueno, dale. (Conejo le indica al Joven que se siente en la silla, éste lo hace, quitándose el abrigo, Conejo se lo sujeta y lo cuelga en la percha. El Joven se pone cómodo; Conejo le pone una toalla debajo del cuello y empieza a ponerle crema de afeitar en la cara.)

 

Conejo. (Poniendo la crema.) Cada vez menos gente se afeita en las barberías. Cortarse el pelo más o menos, pero… Vamos a desaparecer.

 

Joven. Yo no me afeité nunca antes en una barbería.

 

Conejo. Se lo digo yo, ya verá, no hay comparación. En tu casa, te das una pasada rápida y a la calle. (Termina de ponerle la crema.) Acá no, esto es un ritual. (Toma la navaja, la misma con la que atacó a Toni. La mira un rato, como dudando si utilizarla para afeitar al Joven o no, pero al final decide utilizarla.) ¿Cómo le va con los libros? ¿Lleva mucho tiempo haciéndolo?

 

Joven. Desde el otoño. Antes trabajaba como vigilante de seguridad por las noches. Y antes de eso repartía pizzas.

 

Conejo. (Afeitando al Joven.) ¿Todavía no sabe qué hacer con tu vida?

 

Joven. No sé. No es eso. Es que no puedo conseguir trabajo en lo que estudié.

 

Conejo. ¿Y qué estudió?

 

Joven. Soy Licenciado en Literatura Comparada y Filología Italiana.

 

Conejo. No se preocupe, estoy seguro de que encontrará un buen trabajo. (Pausa breve. Conejo sigue afeitando al Joven, pero de pronto para, como si se hubiera acordado de algo.) ¿Estudiaste literatura? (Deja la navaja y del bolsillo saca el papel con la historia del Rana, el que le había leído a Grga. Le enseña el cuento al Joven.) ¿Leyó esto?

 

Joven. (Toma el papel y lo mira; sinceramente sorprendido.) Sí, lo leí. La colección entera.

 

Conejo. (También sorprendido, pero como si no lo entendiera.) ¿La colección?

 

Joven. (Todavía con el papel en la mano.) Sí, la colección de cuentos. Éste es sólo uno de ellos.

 

Conejo. No lo sabía. Es que lo encontré en una revista… ¿Todos hablan de Rana?

 

Joven. (Ahora es él el que no entiende; obviamente ya no se acuerda bien del cuento.) ¿De qué?

 

Conejo. De Rana. El que salva Tokio.

 

Joven. (Mirando el papel se acuerda.) Ahora me acuerdo… No, los demás no hablan de Rana.

 

Conejo. Según Usted, ¿el Rana es simplemente una rana o… representa otra cosa? (El Joven no sabe qué decir. Pausa breve. Ahora es Conejo el que de alguna manera se disculpa.) Ya sé, una pregunta tonta. Los cuentos no son para los barberos.

 

Joven. (Sonriendo.) ¿Y por qué no? (Pausa breve.) Probablemente no es una rana de verdad.

 

Conejo. ¿Sino qué?

 

Joven. Lo que Usted quiera que sea. (Pausa breve.) Usted es el que le da el significado. (Pausa breve.)

 

Conejo. Llevamos una vida horrible. (Pausa breve.) Lo único que hacemos es comer, dormir e ir de vientre. (Pausa.)

 

Joven. (Sorprendido por lo que acaba de escuchar, responde con una pregunta que sorprende un poco a Conejo.) Por eso Usted quería… (Pausa breve.) ¿Cree que dejaremos de llevar una vida horrible si Usted se muere? (Pausa.)

 

Conejo. (En vez de responder, toma la navaja como acordándose de que tiene que seguir con el trabajo.) Vamos a trabajar. A las chicas no hay que hacerlas esperar. (El Joven le devuelve a Conejo el papel con el cuento; éste lo deja y sigue afeitándolo. Pausa.)

 

Joven. No vuelva a pensar en esa granada. (Conejo vuelve a parar.) Se lo suplico. (Pausa.)

 

Conejo. ¿Me lo “suplica?” (Pausa breve.)

 

Joven. (Sincero.) Capaz que podemos dejar de “llevar una vida horrible”. Pero no desapareciendo. Me parece que eso no tiene ningún sentido. Tenemos que vivir. Y también… Intentar cambiar algo. A lo mejor le suena como un cliché, pero… Yo creo en eso. (Pausa breve.) De verdad. (El Joven se da cuenta de que a Conejo se le caen las lágrimas por la cara. Se levanta y rápidamente se limpia la cara con una toalla. Mira a Conejo sin hablar. Pausa.)

 

Conejo. (Aguantando las lágrimas.) Perdone. (Pausa breve.) Supongo que se me juntó todo.

 

Joven. Nos pasa a todos. (Pausa. El Joven mira la foto enmarcada de Conejo con su equipo de fútbol (sala.)) ¿Usted juega al fútbol?

 

Conejo. (Más tranquilo.) Sí, bueno, jugaba. Antes de la guerra. Luego perdimos el contacto. (Pausa breve.) ¿Y Usted?

 

Joven. Claro. En la cancha del colegio de la calle Draškovićeva[2]. O en Šalata[3]. Y en invierno jugamos en un pabellón cubierto. Allí arriba, cerca de Sljeme[4]. (Pausa breve.) Uno de nuestros jugadores sufrió un esguince al hacer una entrada y golpearse contra la escalera sueca. Ahora nos falta un jugador. (Pausa breve.) ¿Quiere sumarse?

 

Conejo. (Soprendido por la pregunta.) ¿Yo? Qué va, es que ya no juego…

 

Joven. (Como si no le hubiera oído; mirando la foto.) Tiene pinta de bravo. (Pausa breve.) El viernes que viene, de siete y media a nueve, así que no haga planes que no se aceptan excusas. No puede dejar plantado al equipo. (Pausa breve.) Déjeme su número, lo llamo. (Pausa breve. Conejo está como vacilando si dar su número al Joven o no. Éste sonríe.) No es un chiste. (Conejo también sonríe. Saca del cajón un lápiz y un papelito y apunta su número. Le da el papelito al Joven. Éste lee lo que pone en el papel.) ¿Conejo? (Le da la mano a Conejo.) Mucho gusto. Yo soy Filip[5]. (Se dan la mano.)

 

Conejo. Encantado. (Pausa.)

 

Joven. (Como acordándose de algo; más alegre.) Conejo… (Pausa breve.) Tendría que cortarme el pelo. Suelo ir a la peluquería de mi barrio, pero siempre me lo cortan mal… así que… no sé, ¿puedo pasar por acá después de la Navidad?

 

Conejo. Claro, venga cuando quiera. (Mirando el reloj.) Pero vamos a terminar de afeitarlo. Si no, va a llegar tarde a la cita.

 

Joven. Bueno. (Vuelve a sentarse. Conejo le pone una toalla debajo del cuello.) Ya no me acuerdo… Sé que había una lucha terrible, un terremoto y qué sé yo, pero… ¿Qué pasó con Rana? (Pausa breve.)

 

Conejo. (Como si por un momento se hubiera olvidado del Rana.) ¿Al final?

 

Joven. Sí. (Pausa breve.)

 

Conejo. Salvó Tokio. (Pausa. Conejo sigue afeitando al Joven en silencio. Tras un par de movimientos precisos el barbero deja la navaja y le limpia las mejillas y el cuello al Joven; luego se echa un poco de colonia en las manos y le da un breve masaje de la cara al cliente. El alcohol empieza a hacer efecto, el Joven frunce el ceño.) Ya está, listo. (Conejo retira la toalla del pecho del Joven. Éste se levanta, se mira en el espejo y mete la mano en el bolsillo de atrás de los pantalones, sacando la cartera. Sin embargo, antes de que el Joven logre sacar el dinero, Conejo se lo impide.) Que no, que no… Es su regalo de Navidad. (Pausa breve.)

 

Joven. (De nuevo intenta pagar.) Por favor, no…

 

Conejo. (Interrumpiéndole.) Los regalos no se rechazan. (Pausa.)

 

Joven. Bueno, gracias. (Pausa breve.)

 

Conejo. Gracias a Usted también. (Pausa. El Joven se dirige a tomar su abrigo, pero no lo toma, como preguntándose si hace bien yéndose. Conejo lo nota y le da el abrigo. El Joven lo toma. Durante un rato están el uno delante del otro en silencio. Conejo de pronto da tres o cuatro pasos hacia la puerta de la calle, como si hubiera visto algo ahí. Se para.) Está nevando.

 

Joven. (Casi emocionado.) ¿Está nevando? (Pausa breve.) Me gusta que nieve en Nochebuena.

 

Conejo. (Sonriendo.) A mí también. (Pausa. El Joven se pone el abrigo y toma los libros. Pausa.)

 

Joven. Bueno, entonces nos hablamos…

 

Conejo. Sí, nos hablamos. (El Joven se va. Conejo lo mira durante un rato y luego muy despacio se dirige al mostrador, toma el papel con el cuento, lo desdobla. Echa un vistazo a los objetos del salón; se va hacia el banco y se sienta en él. Enciende un cigarrillo; mira el papel y empieza a leer en voz alta.) “El Rana”, murmuró. “¿Algo le pasó al Rana?”, pregunta ella.

“Salvó a Tokio de ser destruido por un terremoto. Todo él solo.” “Eso está bien”, dijo la enfermera reemplazando la botella casi vacía de alimentación intravenosa por una nueva. “No necesitamos más cosas desagradables sucediendo en Tokio. Ya tenemos demasiado.” (Pausa breve.) “Pero le costó la vida. Creo que volvió a la obscuridad. Nunca volverá aquí de nuevo.” La enfermera secó con una toalla el sudor de su frente, sonriendo. “Usted era muy amigo de Rana ¿no cierto, señor Katagiri?” (Pausa breve.)  “Ya viene el tren”, murmuró Katagiri. Luego cerró los ojos y se hundió en un reparador descanso carente de sueños.

 

(Oscuridad. Fin.)

 

(El texto marcado con asterisco forma parte del cuento “Super Rana salva Tokio” de la colección “Después del terremoto” de Haruki Murakami)

 

 

[1] Zagreb se considera la Ciudad Blanca- por una canción tradicional.

[2] Draškovićeva [drashcobicheba]– calle céntrica de Zagreb.

[3] Šalata [shalata] – barrio de Zagreb.

[4] Sljeme [slleme] – el pico más alto de la montaña Medvednica (en Zagreb); lugar favorito de los ciudadanos de Zagreb para ir de excursión.

[5] Filip [fílip]


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